Yo nunca he querido saber la edad real de Toño Jerez. Nunca se debería saber la edad de los poetas. Pero en su caso concreto, por razones de peso. Tenga la edad que tenga, Toño Jerez es y será (es decir, ojalá sea) un eterno poeta adolescente, un poeta joven en la más estricta acepción del epíteto. El verdadero calendario de los poetas son sus versos, que están llenos de solsticios, equinoccios, días festivos, años bisiestos, y otros accidentes de metafórica periodicidad. De ahí que ni el rostro imberbe, ni la canicie, ni el documento de identidad de un poeta, dan una información tan fiable para calcular su edad como sus versos. Cada poema escrito es resto fósil de una vivencia fósil de un tiempo fósil, y, aquel perito que sepa escarbar entre vocablos enteros, o letras sueltas, u otros signos gráficos, podrá descubrir a qué siglo pertenece la voz del poeta en cuestión, e incluso si ese poeta está vivo o ha muerto. En el caso que nos ocupa (Toño Jerez, Almería, s.f.) estamos hablando de un poeta vivo, bueno… vivo no, vivísimo, en plena adolescencia creativa. Su poesía es vitalista, intrépida, ingenua a veces, alejada de modas y tendencias, poesía dictada por el impulso natural e inevitable de ponerle voz o darle nombre a todo cuanto constituye su burbuja existencial, su yo pensante. He aquí otra vez aquel “nombrar las cosas” de Eliseo Diego. La génesis. La exégesis. El juego deífico del creador-recreador, del niño que moldea plastílicamente la realidad y la convierte en otra, convencido de que su realidad ficticia es tan real, o más, que la realidad real de los periódicos. No por gusto Toño Jerez colabora con la prensa almeriense desde hace algunos años, y alumbra con sus versos tanta noticia lúgubre. La vida cruda es una fuente nutricional de sus poemas, y tal crudeza le permite aderezos atrevidos, e invenciones que escapan a veces a su propia voluntad, como sucede con los niños cuando intentan dibujar un caballo y les sale un perro, pero ellos siguen tan felices, convencidos de que ese perro galopa y relincha mejor que los equinos de otra gente.
Decía Rilke en su carta a un poeta adolescente que “la mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna”, y tenía razón, por supuesto. He aquí el reto del poeta y una de sus juegos preferidos: hollar con sus palabras ese recinto misterioso. “Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura”, continuaba el poeta praguense, para luego aconsejar a su joven interlocutor “dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad”. Y es esa humilde sinceridad otro de los rasgos poéticos que encontramos en la obra de Toño Jerez, sin saber, a ciencia cierta, qué pesa más en este caso: el carácter humilde de la sinceridad, o el carácter sincero de la humildad poética. Y fíjense que hablo de humildad poética, no personal, porque quienes conocemos a Toño Jerez, o quienes lo conozcan a partir de ahora, vemos en él (o irán descubriendo) la fuerza arrolladora con que defiende sus poemas, la risa satisfecha y traviesa con que disfruta sus propios hallazgos, y esto les puede parecer, incluso, poco humilde, diríase ostentoso, convencido como está el poeta-niño de que su plastilina es la mejor para hacer el caballo que pretendía hacer, y no otro. Pero esto es engañoso. La humildad personal no tiene nada que ver con la satisfacción real y plena del creador poético, del mismo modo que el autoreconocimiento no tiene, obligatoriamente, que estar ligado con la pretensión. Ya lo dijo Spinoza: entre verdaderos amigos la pretensión no existe, y una de las ricas y complejas dualidades que da la poesía, el ejercicio de la poesía, es que el autor puede llegar a ser, y casi siempre es, amigo de sus textos. El poema es el mejor amigo del poeta, y viceversa: reinterpretación o actualización de aquella hermosa frase de Jaime Gil de Biedma: “[Yo] creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. ¿Y para qué?, preguntamos nosotros. Pues para eso, para poder ser amigo de otro poema, diría Gil de Biedma. ¿Las personas del verbo no podrían llegar a ser los verbos en persona? ¿Gramaticalidad y personalidad? Los verbos se conjugan, se enlazan, se juntan; y las personas se juntan, se enlazan, se conjugan. El texto del poema se independiza del poeta y hace su propia vida, su propia red de amigos (sus lectores) sin que el poeta pueda evitarlo ni condicionarlo. Como sucede con los hijos, ni más ni menos. Pero el poeta no quiere ser el padre del poema, o mejor no quiere que el poema sea su hijo, sino su amigo, para poderle hablar de tú a tú, sin límites. Y si el poema no puede ser persona, entonces, el poeta sí quiere ser poema. Transferencia de género, de esencia, transmutación de voluntades estético-afectivas. Metáfora de la metáfora. Juego muy serio para ser irreal. Realidad lúdica y travestismo psicológico, en los que el poeta (ya sea un eternamente adulto Gil de Biedma, o un eternamente joven Toño Jerez) es humilde y a la vez sincero, confía en el poema tanto como en él, se tutea con él, lo mima, se emborrachan juntos. Y así, borracho de emociones y yéndose de copas con sus propios poemas (sus mejores amigos, noté desde el principio) conocí yo a Toño Jerez, hace ya algunos años, y me pareció entonces lo que aún hoy me sigue pareciendo: un niño grande que habla en endecasílabos como otra gente habla en andaluz o en catalán. Yéndose de copas con un soneto blanco, con una poema social, con un epigramático canto a las ciudades que más lo han marcado; fumándose un cigarro con un poema más largo que Julio Cortázar (flaco, además, como el bardo argentino); bebiéndose un buen ron con un poema gordo como Lezama Lima; y a sus amigos de once sílabas les habla apasionado de Cernuda, y menos apasionado de García Lorca, y apasionadísimo sobre sus propios versos, todo él entregado a un ejercicio de sinceridad emotiva que, por desacostumbrado, asusta a los poemas, escandaliza al prójimo.
Toño Jerez es un poeta de emoción profunda, y a la vez contenida, aunque esta contención quede disimulada, desdibujada por la efusión con que se entrega al ejercicio poético. Y es, como todo buen fotógrafo, un eternizador de momentos fugaces. Decía el poeta cheko Jan Sjacel: Los poetas no inventan los poemas / el poema está en alguna parte ahí detrás / desde hace mucho tiempo está ahí /el poeta solamente lo descubre. Y eso es precisamente lo que logra Toño Jerez con su lente-palabra: descubrir el poema, darle voz a la imagen, pero una voz propia, con música inusual, con los afeites necesarios solamente. (¡Ah, los afeites! ¡cuánta confusión crea en la poesía contemporánea el vicio de podar en busca de la esencia! ¡Cuando poema mondo, rapado, afeado en todo su esplendor emotivo!)
Uno de los peligros de todo poeta es quedarse encerrado en el paladeo de su propia voz; Toño Jerez lo sabe, y comparte su gusto por la palabra poética con sus amigos humanos (con sus otros amigos, los poemas, no lo comparte, sino que lo reparte, lo parte a medias), como quien comparte un pedazo de pan recién horneado. Y este pan recién horneado que yo, amigo humano de Toño Jerez, degusto ahora, se titula La memoria del agua, y está compuesto por disímiles poemas y algunas fotos, que, a modo de primera antología, o compendio inicial, recoge su producción poética de los últimos años (es decir, de sus primeros años de poema que escribe).
La memoria del agua es un poemario extenso, pluritonal, en el que nada escapa a la mirada noctámbula y sincera de este joven poeta almeriense. Su poesía es un acercamiento, desde el asombro, a todo aquello que le rodea y seduce. Y es precisamente el asombro, o más bien, la capacidad de asombro, esa cualidad indisolublemente ligada a la infancia y a la juventud –puericia y pubertad poéticas en este caso– otra de las cualidades poéticas y personales de Toño Jerez. Esa capacidad para asombrarse cada día ante el mismo paisaje, la misma situación, el mismo sentimiento; esa capacidad para reproducir el asombro convertido en poema, no son comunes en los poetas jóvenes, y auguran en el caso que nos atañe, largos años de creación poética, de goce y regocijo con las palabras.
Nunca antes había conocido yo, viajero trashumante e incansable por los espacios más heterodoxos de la poesía (desde los lindes de la escritura hasta los más intricado laberintos de la oralidad: el repentismo) a alguien, poeta o consumidor de poesía, que hablara con tanto entusiasmo del hecho poético, que casi le da corporeidad a la palabra, que se refiere a los poemas (o a algún verso suelto), con el mismo entusiasmo y la misma vehemencia efectiva con que otro cualquiera de su especie habla de un edificio, una prenda de vestir, un coche, algún paisaje. Sí, esa es, creo, la frase exacta: “vehemencia afectiva”. Pero entendamos bien: su vehemencia afectiva es por algo tan etéreo y subjetivo como la palabra poética. Toño Jerez dice: “oye, mira qué verso”, “mira esto, qué metáfora” y tal parece que la toca, la paladea, la huele y degusta. Para Toño Jerez la poesía es comestible, bebible, respirable y eso se nota en la pasión con que defiende sus propios versos, o los versos ajenos que le han estremecido. Repito: nunca antes he visto a un poeta con ese entusiasmo por un poema, verdadero jolgorio que tal vez a los otros –poetas o lectores– nos quede (o pueda parecer que nos queda) ridículo, pero que en Toño es parte consustancial de alguien que respira y transpira a través del poema. No teme Toño expresar su emoción ante un buen verso, gritarlo y aplaudirlo, como no teme el hincha de un equipo de fútbol aplaudir el buen gol, o el amante elogiar la belleza de la amada, y es precisamente por eso, porque para Toño Jerez la poesía es a la vez amor y esfuerzo físico, goce y gozo, pasión y desenfreno, fanatismo y lujuria, lírica y épica, desnudez, adrenalina, sudor, fruición, ridiculísimo harakiri público, exhibición sin miedo de fortaleza débil y credo en la palabra.
Recuerdo ahora aquellos versos de Pessoa (cito de memoria): “Todas las cartas de amor son ridículas […] sólo el que no escribe cartas de amor es verdaderamente ridículo”. Los poetas actuales (tomando como actualidad el siglo XX y lo que va del XXI) viven (vivimos) parapetados tras una pose intelectual y elitista que nos impide disfrutar hasta la desvergüenza la creación poética. De la misma manera que la sociedad con sus lecciones de buenos modales y reglas de conducta, impide desde hace mucho tiempo actos personales de indiscutible disfrute, el poeta se ve amordazado por la racionalidad y la academización del acto poético, hasta tal punto que nos parece impúdico hablar de poesía en público, mucho más leernos a nosotros mismos en voz alta, muchísimo más exhibir, regalar, o mostrar satisfacción por nuestros propios poemas.
Decía Rilke que “las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer”. Y todo aquel que se dedica al creación poética lo sabe. Ni fáciles ni comprensibles. Por eso todo acto de creación en verso es, ante todo, una temeridad, un reflejo insensato, pero en la insensatez del hecho radica su encanto, y en la peligrosidad de dicho encantamiento su grandeza. De ahí que yo me congratule tanto cada vez que descubro, o me presentan, a un nuevo poeta, a otro insensato y temerario funámbulo de la palabra, hacedor de emociones, cazador de vivencias, degustador de las metáforas. Y creo que he encontrado, al fin, la frase definitoria para hablar del autor de este libro. Sin duda. Toño Jerez es, antes que nada, antes que poeta y fotógrafo amigo y poema, un degustador de las metáforas. En sus poemas se nota un previo ejercicio de lector contumaz, y de aprendiz de brujo, años de entrenamiento lector que ahora de cómo resultado plusmarcas líricas de una base cada vez más sólidas. Toño Jerez gusta de paladear lo mismo que genera, o viceversa, genera con naturalidad aquellos recursos poéticos que, desde muy temprano, ha estado paladeando:
Amaneció de noche
Y las calles volvieron con retraso
Del trasiego nocturno.
(De “Calles flacas”)
Del mismo modo canta a su ciudad, Almería, con un sentido de pertenencia que trasuda cierta melancolía, y que recuerda una tradición poética mediterránea que ha dado nombres tan excelsos como Kavafis o Rafael Alberti:
Mi ciudad permanece anclada al mar
Este Mediterráneo que la invita…
(De Discurso del viento)
Pero es la suya también una poesía responsable, seria, mira-de-frente, una poesía que esquiva el ombligismo escapista de algunos de sus contemporáneos para detenerse en las zonas más ríspidas de la realidad:
Nuestro sur es el norte, el alimento
de los desheredados, los que callan
un silencio de plástico y banderas…
(De Discurso del viento)
Esta es también la Almería del poeta, ciudad anclada al mar, pero también al plástico, ciudad que ha generado una nueva metáfora (mar de plástico) con una naturalidad perversamente fácil y que no deja indiferente al poeta que sueña, capta, escribe y suda rodeado de la paradójica realidad del desarrollo agrícola y el submundo laboral inmigrante.
Su gusto por la metáfora a veces pudiera parecer excesivo, pero esto es algo natural en esta etapa de juventud poética por la que ahora atraviesa Toño Jerez. Me recuerda mi sorpresa y emoción juveniles con las poéticas de César Vallejo, Jorge Carrera Andrade, Leopoldo Lugones o Herrera y Reissig, todos verdaderos maestros del metaforismo, alguno más avezado que otro, alguno más vanguardista que otro, alguno creacionista puro, demiurgo para quien el idioma no parecía tener límites. (Lugones afirmaba que la metáfora era el elemento esencial de la poesía.) Toño Jerez, salvando las distancias, por supuesto, juega también a demiurgo verbal, siguiendo a otros maestros, sus tan cercanos Miguel Hernández, Vicente Alexandre, Pablo Neruda o Blas de Otero, llenando de resonancias líricas su áspera niñez de barrio bajo, cerca del mar y el puerto de Almería, barrio de pescadores donde el agua fertilizaba la memoria, y la memoria, como en juego de reciprocidades, aprendía a nadar y a flotar, a sobrevivir entre la sal y la espuma. En ese ambiente (peces, jabeques, redes, arena, barcazas) el poeta pescó versos, imágenes que conformaron su imaginario y marcaron su destino; encontró voces que, de tanto leerlas-escucharlas, lo enseñaron a hablar con el ritmo del agua: líquida nemotecnia que ahora se nos devuelve convertida en libro. Hurgando, escarbando en su versos, salen a flote, como restos de un bendito naufragio, la voz de otros poetas, o no la voz, si no los restos de la voz, a veces palabras, a veces giros sintácticos, a veces metáforas en estado puro.
Dice nuestro poeta:
los jabeques pescan la luna en los olivos […
las azoteas beben un viento verde…
(De “Paz vegetal”)
O descubre-describe la cosmopolita Barcelona:
encontramos pintores con el párpado metálico, poetas sin atril…
(De “Ingrávidos”):
O los versos estremecedores de su poema sobre la realidad de los inmigrantes africanos en suelo almeriense:
Hoy ha descarrilado el sol…[…]
Tuvo lugar su muerte cuando un niño
Acunada sus lunas en un cubo
Lleno de mar y sueños imposibles
(De Libélulas sin voz)
He aquí una muestra del buen usa de la metáfora, no un mero juego de palabras, no un afectado juego de resonancias vanguardistas. Borges diferenciaba claramente entre “verdadera metáfora”, y “juego de palabras”, poniendo como ejemplo sublime de lo primero, la metáfora heraclitana del hombre, el río, el agua, el imposible acto de bañarse dos veces en la misma agua, una frase-poema-filosofema donde la metáfora introduce o significa temporalidad, y en la que el tiempo, el hombre, el agua y la potencial (e imposible) repetición del acto de bañarse, se confunden en una circular e infinita intención poética, juego de espejos y no de vocablos, alucinante puesta en escena de la metaforicidad.
Yo que provengo de (y sigo inmerso en) el mundo de la oralidad, siempre me he preguntado por qué ese apego de los poetas populares por la metáfora, gusto y regusto, disfruto consumidor y éxtasis creativo. Y ahora me doy cuenta de que no solo los poetas populares (casi siempre de extracción rural), ponderan y degustan las metáforas, sino que este recurso retórico es también el preferido por los poetas jóvenes. Luego, en la primera adultez y en la adultez mayor, el placer poético se traslada hacia otras zonas del entendimiento, y entonces emergen otra poéticas menos “estridentes”: los poetas reposados de reflexiones firmes y voz queda, los Gil de Biedma, los Pessoa, los Borges, los Machado. Así, todos los poetas jóvenes son cazadores de metáforas; por eso no debe extrañarnos el apego de Toño Jerez a este juego de espejos, no de palabras, algo inherente a esta su etapa de eterna adolescencia.
Aunque no solo de metáforas vive el poeta. No le es ajeno el recurso de la enumeración caótica con orden anafórico (algo tan vallejiano, ¿no?):
los que nunca bajaron de la nube,
los hippies urbanitas,
los que fundieron su alma,
los que gastaron sus lágrimas,
los que parieron risas a granel,
los exploradores atrevidos,
los que nunca salieron de casa,
los sin viento,
los sin tierra,
los sin dios
(De “Los que salieron del mar”)
Tampoco esquiva los temas difíciles o escabrosos, como en el poema “La voz perdida”, a su amigo José Antonio Sánchez Almécija:
La senda que conduce a la narcosis
Tiene tan despoblados los paisajes
Que la luz ya no duerme en el silencio;
Se mantiene despierta hasta la noche…
poema éste de honda sentimentalidad, en el que la música del verso endecasílabo tiene una función casi analgésica, y el poeta se desdobla en doliente y dolido, y la primera persona del singular deja entrever, no sabemos por qué, una tercera persona, e incluso una segunda, de modo que el lector, tú lector, yo lector, conoce, conoces, conozco la oquedad de vuestros líquenes / su breve intimidad /la voz perdida, como el poeta, como el amigo del poeta que ha inspirado el poema.
He aquí un poemario de juventud, dicho así, sin miedo, lo que no quiere decir que sea un poemario inmaduro. Me consta que a la mayoría de los poetas nos gusta más, y agradecemos mucho más incluso, que se nos hable de etapa de madurez, de poemario maduro, de “una sólida voz” forjada por los años. Pero yo prefiero insistir, con vehemencia afectiva, para no ser menos, en el carácter iniciático y personal de este libro, en la presencia de un espíritu inquieto, joven, entusiasta, con los niveles necesarios de insensatez y temeridad para llegar a ser un poeta mayúsculo. Y terminaré citando de nuevo al eternamente joven Rilke: “Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos aún de todo comienzo, yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo, que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto”. Conserve, pues, amigo Toño, las dos cosas que han sido vitales para este primer libro: la memoria y el agua, la intrepidez y el ímpetu poéticos.
Alexis Díaz-Pimienta