sábado, 3 de julio de 2010

LA VOZ PERDIDA

A José Antonio Sánchez Almecija

La senda que conduce a la narcosis
tiene tan despoblados los paisajes
que la luz ya no duerme en el silencio;
se mantiene despierta hasta la noche.

Camino por pasillos indolentes
que muestran soledades infectadas,
carente de un abrazo solidario;
no ofrece claridad ninguna celda.

Disfruto de la asepsia hospitalaria
y el anónimo beso de la droga
que envuelve la memoria de mi carne.
Soy un torpe viajero adormecido.

No conozco el dolor pero padezco
la caricia mortal del desamparo.
Las estancias inéditas que solo
conducen al hastío más severo.

De manera sombría me saluda
un oculto extranjero de la duda
y del sopor, no entiendo su discurso
ni la misericordia que me ofrece.

No tengo confesor ni absolución;
esta vida transcurre ciega y sorda,
ajena a la mirada que soporto;
he aquí la incorrección y su mordaza.

Giro verticalmente sobre el suave
matiz de mi reposo y cuento nubes,
horas deshilachadas, cruces, voces;
pero siempre detienen este cálculo.

Conozco la oquedad de vuestros líquenes,
su breve intimidad, la voz perdida.

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