Hay pedacitos –siempre estarás-, risas
dispersas en la estancia donde vivo,
aquí transcurren horas y desganas.
En la columna, un beso de algún jueves
furtivo y fugaz, muerde mi memoria.
Quedan abrazos sobre los papeles,
gemidos desvestidos en la alcoba,
caricias olvidadas en el baño.
Algunos arañazos y bocados
habitan el reloj de arena, danzan
en su leve fluir apasionado.
Un estremecimiento de papel
recuerda recitados: Galeano
y Gabo para siempre pululando.
Hay pedacitos, trozos de este amor
incendiando paredes, denunciando
ausencias y silencios doloridos.
Ni un despojo ha quedado, tengo a fuego
marcados los minutos que desvivo,
ajeno a la presencia de tu voz.
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