sábado, 3 de julio de 2010

VENAS DE ALQUITRAN

La ciudad no duerme,
permanece instalada en ese insomnio eléctrico
del hombre, desconocedor de la palabra almohada.

Alejada de la inconsciencia
sus calles sueñan con la lluvia de octubre,
en la que dormitar ajena a los paraguas.

La ciudad es una cicatriz
dolorida en su costura de asfalto,
tiene la piel llena de símbolos incultos.

Desconoce a sus habitantes,
esos caminadores veloces sin voz
vestidos de urgencias solemnes.

La ciudad amanece despacio
sin querer despertar de un sueño inconcluso,
intentando respirar en sus parques.

Es carne compungida
rasgada por ruidos y anoréxicas excusas,
extemporáneos motivos heridos de muerte.

La ciudad no habla,
su voz es un enjambre débil de pisadas,
hambriento discurso de transeúntes aturdidos.

Sus venas de alquitrán
portan pinturas de guerra, meras excusas
para el festín enloquecido de sus inquilinos.

La ciudad tiene las manos llenas
de juicios de hormigón y metal,
efímero crisol de cristales que reclaman abrazos.

Son el torpe beso a la tierra
de esta humanidad enloquecida,
insomnes moradores de pequeñas cicatrices: las ciudades.

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