Escribo -soy de aquellos que han probado
la derrota en la carne dolorida-,
mi verso al desolado.
Los sin nombre, ignorados por la vida,
Héroes cotidianos del forzado
corazón y su herida.
Escribo a los que albergan la esperanza,
cada día, de alzar en su regazo
la luz y su bonanza.
Los sin tierra, sedientos del abrazo,
carpantas de una piel dada en fianza
que no muestre rechazo.
Escribo al indigente del asfalto,
alquimista de vino y soledad,
perito del asalto.
Al sin techo, inquilino sin edad,
viajero mal mirado del basalto
agrio de caridad.
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