Junto a mi oscuro cuerpo
acudían bramando los silencios
Una voz no comprende
va empujando su mano
y convierte en hastío lo sembrado.
Junto a su piel dormita
la delgada y raída complexión
de un amanecer parco y somnoliento.
Es el dulce suicidio de una pupila ajena
ahora nos mira, busca en los espejos
el color de una lágrima.
Ya nadie espera el cálido discurso
del poeta. Fenecen los rapsodas,
y su inútil voz. Muere la poesía.
Ayer no regresó
pero su quemadura persistía
como un candado ciego.
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