Amanece dormida,
el malecón bosteza
un buenos días leve
-susurra las palabras-
para no despertar
la mar y su cadencia.
Alborea despacio
y los sueños caminan
con la máscara puesta
sin querer levantar
las dulces ilusiones
de los ojos que lloran
Llega el alba, y las calles
se llenan de esqueletos
que mudos pedalean,
bailan al son amargo
y flaco, tan mezquinos
que pintan las sonrisas.
Esclarece delgada
y su vientre se llena
de barcos, despedidas
y adioses sin azúcar.
No hay ron que narcotice
la herida y su tristeza.
Habanece… en la Habana.
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