Amaneció de noche
y las calles volvieron con retraso
del trasiego nocturno.
Lisboa era un gemido lacerante
-el exacto sonido del dolor-
sobre el bocado de la lluvia amarga.
Alguien dibuja un esqueleto y llora
sobre los adoquines de Nicola.
Rossio siempre huele a fado,
es un lamento enlutecido y triste,
una voz derrotada en mi garganta.
Anocheció de día
y las pupilas no quedaron mudas.
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