Granada tiene nombre de tormenta
de otoño, de hoja seca en la mirada
y en la triste memoria del viajero.
Es un tren remendado por silencios
y resacas de lunes por la tarde,
un gesto adolescente sin urgencia.
Granada es una calle de aire turbio,
sabe a membrillo dulce, a plata vieja,
es un llorar de flacas plataneras.
Duele el estómago pensar en ella;
cuando noviembre anuncia su discurso
se tornan amarillas las pisadas.
Granada es una voz de Alhambra, un gesto
en la mirada del que escucha el canto
nocturno con olor a Sacromonte.
Allí resuena un plúmbeo llanto oscuro
guarda el sonido triste y desgajado
de versos fusilados en los labios del alba.
Granada es eso, una lluvia lenta,
habitante del sístole metálico
que padezco al cerrar este poema.
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